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FICSTORIA

Por Arturo Uscátegui Maldonado.


Durante los cuatro largos años en que escribí mi tesis de maestría sobre un pequeño aspecto, un rinconcito, una diminuta gaveta del siglo XIX, experimenté lo que acaso sufra todo aquel que vuelque su mirada con intención académica sobre el pasado: identificadas las fuentes documentales que llaman a espanto por su número; habiendo seleccionado las fuentes primarias (decretos, memorias, artículos de la época), escasas, como es bajo el límite de un esfuerzo solitario y el plazo de meses; naufragando, como es del caso, entre las versiones contradictorias de quienes incluso habían sido protagonistas de unos hechos y que por eso mismo se diluían; vino a rescatarme, de esa conciencia dolorosa de que algo sustancial se escapa, decía, la lectura de algunos textos de historiadores sobre su oficio: su saber es conjetural.

Y en esas circunstancias, unos pocos años antes de la pandemia, me topé con la ficstoria.

Allí estaba, expresado bajo términos muy distintos a la de la hipotética veracidad y al del cotejo analítico de las interpretaciones autorizadas por la erudición, eso que se escapaba, aquello inatrapable de la memoria que es esquivo a la gran mayoría de los textos de la Historia.

El desvarío alucinado del Mascachochas, aupado en una endeble carroza de la que no termina de caer (1); el contraste entre la ceguera del ingeniero que al querer medir el río madre en realidad no lo ve y la clarividencia y sabiduría raizal del boga (2); el apocamiento del sabio nacional frente al sabio europeo quizás ya soberbiamente consciente de que su mirada supuestamente fundaba territorios (3); fueron tres momentos, entre muchos otros, en que como un destello, un feliz topetazo -por eso más arriba dije “me topé”, no “me encontré”- con la ficstoria: esto era lo sustancial que se me escapaba, un hilo de la densa trama del tiempo pasado enlazado con mi conciencia.

Acostumbrados como estamos a encuadrar nuestra experiencia bajo marcos conocidos, estaba equivocado al comparar la ficstoria con mi devoción por la novela histórica. El proyecto de la ficstoria, ya en plena madurez, cada vez está más lejos de la sola reconstrucción de unos determinados hechos de la Historia; va mucho más allá de la verosimilitud de las pasiones o motivaciones encarnadas en unos personajes cuyas acciones definieron nuestro presente; la ficstoria, aunque lo incluye, no se limita a lo plausible; y, por último, pienso que la ficstoria no quiere ser una recreación de momentos decisivos del siglo XIX colombiano porque si lo fuera, consistiría en la misma experiencia de una cierta disposición museística: resguardados por el cristal y la distancia nos asomamos a los vestigios y conservamos frente a esos objetos nuestra escindida noción de ser el futuro; por el contrario, uno no sale indemne de una función de la ficstoria.

Estoy convencido de que la experiencia que nos otorga la ficstoria es el de una interpelación acerca de la sustancia de nuestra memoria -la histórica y la personal- cuando la juzgamos infalible y desoímos su hechura de tiempo: “…no describes el pasado al escribir sobre asuntos antiguos, sino al escribir sobre el aire brumoso que hay entre ellos y tú". (4)

En una de las charlas al término de las funciones que tan generosamente propicia el equipo de la Sala Vargas Tejada Casa de Fu, dijo el maestro Camilo Ramírez: “De lo que estamos hablando aquí es del futuro”. No he podido dejar de relacionar esa frase con una del historiador Philipp Blom: “El pasado se vuelve cada día más impredecible”. (5)

De la posibilidad de que a través del arte atrapemos de manera perdurable, por un instante, la elusiva relación del tiempo y la memoria, es de lo que nos habla la ficstoria.

Arturo Uscátegui Maldonado

Noviembre de 2024 

 

(1) "Opus Póstuma"

(2) "Yuma, el río del país"

(3) "Caldario"

(4) Mircea Cartarescu, “El ala izquierda, Cegador”, Impedimenta, Barcelona, 2018.

(5) Dice Julio Villanueva Chang que dijo Philipp Blom que dijo un autor que no recordaba, en un evento también sin reseñar, en “Antología de crónica latinoamericana actual”, Alfaguara, Bogotá, 2012.

 

 
 
 

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